martes, 29 de julio de 2014

REGALO DE BODA



Siempre quise escribir un poema con el que la gente se casara. Un poema como El desayuno, de Luis Alberto de Cuenca; el poema 12 de los 20 poemas de amor de Pablo Neruda; Dime que sí, de Rafael Alberti; Cuando por fin se encuentran dos almas, de Victor Hugo o mi preferido Amar es querer la felicidad del otro, de Martin Gray.
Aquí está mi poema para los enamorados, mi Regalo de Boda, tienen mi permiso (y mi bendición) todas las parejas que quieran usarlo el día de su boda. Porque el Amor es lo más bonito que hay en esta vida: consigue que las horas pasen deprisa o que no pasen, que durmamos en el nombre de nuestra pareja como si fuera un país tranquilo; el Amor, para bien o para mal, recorre con nosotros nuestra vida. Sentirlo o no sentirlo nos marca, nos hace felices o infelices. Y cada nuevo beso que nos dan sigue teniendo siempre la magia de lo desconocido. Y nos empuja a dar las gracias.
El Amor llega siempre sin permiso, cumple siempre su voluntad, es algo tan indómito como la propia poesía. Así que esto era algo que tenía que ocurrir…


REGALO DE BODA

Amar es hacer, a veces, lo que uno no quiere.
Es recorrer tres mil kilómetros en coche,
si hace falta, para acompañar al otro;
es mirar por el retrovisor
y ser feliz al contemplar el rostro amado,
aunque no siempre esté contento.

Amar es sentir que no llueve nunca
y, haya pasado lo que haya pasado
durante el día,
llegar a la noche y fundirse en un abrazo.
Amar es decir:
«quiero algo limpio», «no te fallaré»,
«quiero ayudarte».

Amarse es ser amparo,
no sentir frío,
olvidar los errores, las torpezas pasadas;
amarse es un sentimiento digno,
un acto verdadero,
la mayor prueba de fe.

Amarse es un ejercicio de irrealidad,
quizá el más hermoso que hay.
Es una religión, un cortejo,
una perpetua luna de miel,
algo muy hondo que llega a nuestro corazón
y que consigue que
hasta la idea de morir,
si es junto a la persona amada,
parezca bella y tranquila.

Amar a alguien será
lo más difícil que hagas
en tu vida.

Porque para amar de verdad
hay que perdonar muchas veces,
porque para saber de amor
es necesario haber estado solo;
porque el amor es egoísta
y falla
cuatrocientas veces
—o más—
en ese impulso constante
que es
la felicidad del otro.

Para amar bien es necesaria mucha experiencia
y eso solo se consigue
intentando amar, cada día,
cada instante compartido,
como se aman los pájaros,
como se aman los árboles,
como se aman las mariposas
o las margaritas:
basta un gesto en los labios,
la palpitación de un beso,
que pasen los años y sigamos invocando
la cercanía
de los cuerpos.

Amarse es descubrir juntos
todas las esquinas,
no perder la ilusión por el viaje,
decir «Fuerteventura»
y desear ver juntos las avutardas;
descubrir nuevos barrios,
nuevas tiendas,
conocer a otras personas
y seguir ahí,
al lado del otro,
con la firme resolución de ser feliz,
por encima de todo, contra todos,
pero nunca contra el otro.